Algo sobre la Ilíada

agosto 20, 2008 at 11:55 am (Literatura, Mitología)

 

Rubens, Muerte de Héctor por Aquiles

Rubens, Muerte de Héctor por Aquiles

 

 

La Ilíada es el primer poema épico conocido, escrita por Homero, como todos saben. Fue un poema modélico por así decirlo, pues sus personajes son el paradigma del hombre griego virtuoso: honorable, belicista, amante de los dioses olímpicos, pero sobre todo humano.

 En este poema se resume la naturaleza versátil del ser humano, las dos caras de la moneda, la luz que no podría existir sin la extrema oscuridad, pues así como Aquiles es capaz de arrebatar el aliento a cientos de hombres sin vacilar un segundo también llora por una mujer, también le suplica a su madre, Tetis, para encontrar la venganza por tal afrenta. El reflejo del dualismo humano, de la lucha de la razón contra la pasión exaltada, se hace patente y confluyen entonces los más diversos valores, reacciones y sentimientos, que hacen de la Ilíada un auténtico compendio de los rasgos del comportamiento humano, que a pesar de centrarse en la cruenta batalla en los alrededores de la inexpugnable muralla de Ilion, también nos descubre el ardor de las discusiones entre Zeus y Hera, el amor del cobarde príncipe troyano hacia la hermosa Helena, el devastador deseo de venganza que hace que Aquiles sacrifique con su decisión de no intervenir a innumerables aqueos, el resentimiento de Menelao, el amor que profesa Héctor por su familia, los fuertes lazos paterno filiales entre el rey Príamo y sus hijos.

Todo se resume en la inevitable inclinación que tiene el hombre por destruir todo lo que ama; la batalla sangrienta escenifica la destrucción congénita al ser humano, la muerte que a todos iguala y que vaporiza cualquier sentimiento que una vez existió en vida. Por tanto, no puede considerarse a este poema como una mera y fría narración bélica sobre una pequeña parte de la guerra de Troya; si bien es cierto que la sangre roja calienta el suelo escarpado, tiñe de rojo las aguas del río Escamandro, los escudos broncíneos y las frías lanzas, también lo es que calienta el corazón humano y alimenta los impulsos pasionales, que nubla la claridad de la mente estratega.

No es una simple descripción del asesinato entre seres de la misma especie, no describe únicamente los sesos desparramados y las heridas mortales, sino que también manifiesta el desgarro emocional al perder a un ser muy querido, los conflictos psicológicos del individuo, que no siempre se muestra seguro de los valores que le impulsan a cometer sus actos. Los sentimientos desempeñan un papel importante, puesto que se manifiestan como las principales causas de los acontecimientos que se desencadenan. Hablamos no sólo de la estrategia calculada milimétricamente; la guerra es más bien la consecuencia de la exaltación del poder destructor del orgullo, del oscuro deseo de la venganza, de la codicia de un rey que lo quiere todo para sí mismo y por encima de todo de la belleza idealizada, que mueve barcos, que mata hombres, que lleva la discordia hasta la mismísima cima del monte Olimpo.

Así se observa que una cualidad primordial en los héroes de los griegos, lejos de adorar a retratos irreales de sí mismos, es la humanidad, algo idealizada, pero no obstante humanidad. Los mismos dioses son el resumen de todo defecto y virtud residente en la naturaleza del hombre. Las relaciones entre ellos son un microcosmos de esta personalidad tornadiza que nos caracteriza y esta humanización de los dioses, muy propia de la concepción politeísta griega,  queda inmortalizada por Homero en el poema, en el que se hace evidente la creencia absoluta en los designios de las deidades, pero sobre todo en el Destino, reflejo de la angustia existencial, del peso del mundo que recae en los huesos débiles y efímeros de un ser racional que está condenado a ser consciente de que va a morir. El Destino teje las vidas y no importa lo que se luche contra él, pues incluso esta lucha forma parte de su oscuro objetivo. Los héroes homéricos aceptan su destino, asumen toda responsabilidad; Aquiles sabe que morirá si permanece en Troya, sin embargo lucha y asesina a sabiendas de la fatalidad que tarde o temprano ha de cernirse sobre su cuerpo mortal.

La Ilíada es efectivamente una descripción de unas costumbres, de unas tierras, de una concepción religiosa, de la estratificación social, de determinados valores morales, elementos que componen las características de una época; pero también es el retrato del ser humano, una metáfora cargada de rasgos mitológicos que penetra en la esencia del animal racional; es el amor, el odio, la vida, la muerte, la luz que no podría existir sin la extrema oscuridad.

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θάλαττα, θάλαττα…

agosto 20, 2008 at 11:30 am (Mitología) (, , , )

John Vanderlyn, Ariadna durmiendo en Naxos

John Vanderlyn, Ariadna durmiendo en Naxos

Naxos es la isla más grande del archipiélago de las Cícladas. Es un lugar apacible de terrenos blanqueados por casitas de techo plano. Sería idílico decir que la arena de sus playas es blanca como el manto de una vestal aunque no guardara total correspondencia con la realidad. Han meado en sus esquinas más recónditas jonios, persas, macedonios, romanos, venecianos, otomanos y algún que otro turista con camisa floreada al más puro estilo Pratchett; lo que constituye una notable mezcla de fluidos. El calor en verano es agotador y la proverbial hospitalidad griega no puede evitar que uno gire su cabeza hacia el mar y susurre entre suspiros, sin razón aparente y tal vez sin saber el significado, como letanía que se pronuncia por pura imitación, “θάλαττα, θάλαττα”, ´como si miráramos con otros ojos que no son los nuestros.

Naxos, referencia real del mito. Allí el barco de Teseo se detuvo en su travesía, allí Ariadna, hija de Minos y Pasífae, hemanastra del minotauro, descendió enamorada después de abanonar su patria por el capricho de la flecha dorada de Eros. Veo a una mujer dormida bajo un árbol a través de los ojos de Tiziano. Su amor por Teseo surgió a primera vista y, como diría Schopenhauer, el genio de la especie embriagó sus sentidos para seguir a su amado por el mundo. Más tarde Ariadna sería abandonada por Teseo y tomada en matrimonio por Dioniso, el dios del vino.

Una vez en Naxos Ariadna se sume en el más profundo sueño, ocasión que Teseo aprovecha para levar anclas y continuar la navegación de regreso a Atenas. Ariadna, gobernada por el sueño, no se percata de la huída y permanece bajo el árbol de Naxos dormida, como si ella misma se hubiera dejado abandonar, como si extasiada después de masturbarse no pudiera prestarle sentido a ninguna otra cosa. En sueños puede vislumbrar un barco alejándose en el horizonte, puede ver a Teseo desvaneciéndose oníricamente. Su vestido abierto ahoga la hierba fresca.

La postura de sus brazos mientras duerme es incómoda y antinatural. Su mejilla descansa sobre el dorso de la mano izquierda y su brazo derecho cubre parte de su cabeza, como un velo de carne de mujer. Difícilmente se puede concebir la idea de alguien que se duerma espontáneamente en una postura siquiera parecida. Me detengo a observar una vez más la copia romana de Ariadna dormida, en el museo del Prado y la respuesta me viene más tarde en sueños, haciéndole homenaje a su musa.

Ariadna no estaba dormida, Ariadna estaba preparándose para el coito con Dioniso. La incómoda postura de sus brazos, sus ojos cerrados, sus pechos desnudos forman parte de una técnica infalible de seducción. Ella espera a Dioniso, la ferviente enamorada de Teseo espera ser penetrada por la inmortalidad, el genio de la especie se manifiesta una vez más en forma de deidad.

Y así Ariadna concibe a Enopión, personificación del vino, la sustancia divina que nos desinhibe y nos hace amar, provocando nuestro deseo e impotencia sexual al mismo tiempo, la que desata los convencionalismos a los que nos amarramos nosotros, enfermos y portadores de la doble moral. Y como diría algún griego “οἶνος καί ἀλήθεια”(vino y verdad).

Teseo pierde de vista a Ariadna por un momento y la encuentra al cabo de diez minutos, tendida plácidamente a la sombra de un árbol, haciéndose la dormida. Él sabe que en realidad no duerme y piensa que sólo quiere juguetear un rato. Se acerca a ella e introduce su mano entre los pliegues de su desarmado vestido para comprobar la humedad. Entonces Ariadna susurra en un suspiro insinuante “Dioniso”. Teseo recula rápidamente, como si de repente su mano ardiera. Se aleja corriendo de aquel lugar, aguijoneando a sus hombres para que regresen al barco lo más rápido posible. Un mortal no debe tocar a la mujer de un dios.

Yace Ariadna esperando a Dioniso, aguardando la inmortalidad universal con las piernas abiertas casi sin ser consciente de ello. Más tarde es elevada al firmamento como la constelación Corola Borealis. Desde su lugar privilegiado no puede dejar de contemplar Naxos y como el soldado griego que huyendo de los persas se adelantó un poco al grupo para contemplar el mar, exclama con nostalgia desde su trono de estrellas “θάλαττα, θάλαττα”.

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